POR SIEMPRE... ¡EL LIBERTADOR!
JOSÉ FÉLIX DÍAZ BERMÚDEZ | EL UNIVERSAL
Martes 8 de octubre de 2013
Título honroso puso junto a su nombre la gloria y la
virtud... Mérida primero y Caracas después, coronaron su frente con el fresco
laurel de las victorias, que ni siquiera Apolo tuvo, cuando Dafne huyó hacia el
lugar distante donde buscó su libertad... Laurel hermoso que pocos veces se coloca
en la frente orgullosa de los héroes, de los insignes magistrados o de los
sabios pensadores, cuando éstos retan al futuro, sepultan el pasado, cambian
para siempre el presente, acaban los males de su época y alcanzan la redención
humana, elevando a los hombres a sitiales de dignidad y honor. Laurel hermoso
que coronó la frente de los sueños, el alma de la angustia, la vida de nobles sacrificios patrióticos que se
apellidó: Bolívar...
La Iglesia de San Francisco, templo de historia y
fe, erigida en el año de 1575 y que don Juan de Pimentel destacó con singular
realce en el mapa de Caracas de 1578, vio llegar a las gentes el 14 de octubre
de 1813 (doscientos años), cuando la ciudad le otorgó entre vítores y
reconocimientos, el título de Libertador.
Caracas, indócil provincia, primera en deponer al
rey, en erigir su junta, en consagrar a la república, en sostener con las armas
sus derechos, destruida por la naturaleza y sometida por la tiranía, se había
prometido a sí misma ser libre. Monteverde le hizo pagar su osado empeño
apresando a sus hombres y haciéndole jurar eterna lealtad, hasta que se logró
deshacer otra vez el opresivo yugo ejecutando en marcha indetenible desde Los
Andes hasta el centro la Campaña Admirable, con encendido patriotismo y valor republicano.
Lo más representativo de la ciudadanía, el mismo fervor que animó el 19 de abril, la
resolución que inspiró el 5 de julio, probados como estaban los primeros
sacrificios en una guerra cruel, le nombró Capitán General y Libertador de
Venezuela: "...título más glorioso y satisfactorio para mí que el cetro de
todos los imperios de la tierra...", tal y como le respondió Bolívar a la
municipalidad, a la cual reconocía la suprema expresión de la soberanía y a la
que hizo testimonio de respeto y gratitud.
Más que envanecer al hombre o colmar la mezquina
ambición el superior epíteto, Bolívar definió sentimientos, obligaciones y
propósitos que señalaron su preclara existencia, su justificación histórica. No
solamente a él debían tributarse los honores sino que: "ellos, señores, y
no yo, merecen las recompensas..." indicaba, calificando a sus compañeros
como: "soldados valientes, jefes impertérritos y peritos, bastantes por sí
solos a haber realizado la empresa memorable que felizmente han terminado nuestras
armas", y quienes junto a él, sin
egoísmos, fueron: "ilustres libertadores".
Pero Bolívar reflexionó..., leyó otra vez el acta
que le confería el título inmortal, y sentenció: "Yo sé cuánto debo al
carácter de V.SS y mucho más a los pueblos, cuya voluntad me expresan...",
afirmando con elevación republicana que: "... la ley del deber, más
poderosa para mí que los sentimientos del corazón, me impone la obediencia a
las instancias de un pueblo libre...", así como: "los más profundos
sentimientos de veneración a mi patria...", instancia inapelable, deidad
única, autoridad suprema, a la que nunca sometería a su propia voluntad, al
despotismo o a la arbitrariedad, con las cuales no se conduce una patria.
En el mismo lugar, en enero de 1814 señaló, otra
vez, la medida de su consagración y dignidad republicana: "no es el
despotismo militar el que puede hacer la felicidad de un pueblo, ni el mando
que obtengo puede convenir jamás, sino temporariamente a la república. Un
soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a su patria. No es el
árbitro de las leyes ni del gobierno; es el defensor de su libertad". Nos
advertiría sobre aquellos que intentan: "...alucinaros... para llegar por
este medio a la tiranía..." o sobre quien: "pretende arrancar vuestros
sufragios, afectando una pérfida moderación, indigna de un republicano, y más
indigna de un defensor de la patria", declarando desde entonces su
carácter: "Soy un simple ciudadano, que prefiero siempre la libertad, la
gloria y la dicha de mis conciudadanos, a mi propio engrandecimiento...".
"Yo quiero ser ciudadano, dijo en 1821, para ser libre y para que todos lo
sean. Prefiero el título de ciudadano al de Libertador...". Finalmente,
exigió en momentos apremiantes para la república, en 1828: "un gobierno en
que la ley sea obedecida... y el pueblo libre", "un gobierno... para
oprimir la ambición y proteger la libertad".
Dejamos que usurparan su nombre las ruindades
humanas: la ambición, la adulancia, la traición. Igualmente que utilizaran su
figura bajos políticos y malos ciudadanos. Faltas nuestras no suyas. En su
ejemplo Bolívar está allí, "Libertador o muerto...", severo contra la
indignidad, para que el pueblo no se pierda, no se ofenda a la patria, no se
destruya la república. Él y sólo él por siempre... ¡el Libertador..!
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